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martes, 29 de marzo de 2011

U2 En Argentina: "Antes, las estrellas de rock no eran personas"

ALMORZANDO CON U2

Bono, The Edge, Adam Clayton y Larry Mullen Jr Ya en la Argentina para tocar mañana, el sábado y el domingo en La Plata, el cuarteto irlandés armó una mesa redonda en Palermo con periodistas locales a la que Clarín asistió. Vino y cerveza de por medio, la charla pasó por el fútbol, el punk y los árboles porteños. Cómo se preparan los fans.

Se sabe que U2 es una banda de rock distinta: preocupada por la pobreza, los derechos humanos, las guerras, el hambre, las injusticias en el mundo. Hasta les mandan pizza a los fans que, antes de los shows, acampan durante días fuera de los estadios para verlos bien de cerca (atención: prometieron que acá también lo harán). Era de esperar, entonces, que su contacto con la prensa no se limitara a una fría conferencia; esta vez la convocatoria es a “un almuerzo informal”. Los invitados: periodistas de cuatro diarios y dos canales de TV -nada de cámaras- a los que se les pide discreción, y que para acceder al evento deben mandar un breve curriculum con copias de algunos de sus reportajes. El lugar recién se revela a la mañana: el jardín de un hotel boutique de Palermo, propiedad de una descendiente de irlandeses que pasó unos años en Dublín y se hizo amiga de la banda. Los U2 llegan por separado, cada uno en su propia camioneta con chofer. Bono -¿no es igual a Robin Williams?- lleva una gorra verde militar de las que usa Fidel Castro, sus eternos anteojos de colores -éstos son violáceos- y unas botas que le agregan unos centímetros pero no alcanzan para disimular que es bajito. The Edge porta ese gorrito negro indeleble que oculta vaya a saber uno qué misterio de su cuero cabelludo, Adam Clayton parece un amable señor mayor que se equivocó de lugar, y Larry Mullen Jr., con bíceps trabajados y borceguíes, un punk aficionado al gimnasio. Sonríen, estrechan manos y se sientan a la mesa: comienza la función.


La única condición que pone la publicista en cuanto a la charla es que también haya preguntas para Mullen Jr. y Clayton (“si no, se aburren”), pero en una banda cada uno tiene su rol y en U2 el de vocero le tocó a Bono y, en menor medida, a The Edge. El baterista sólo intervendrá de vez en cuando y el bajista se mantendrá en silencio durante la siguiente hora y media. La idea es crear un ambiente de camaradería, por eso ejecutarán pasos de comedia y por momentos parecerán viejos vecinos que se hicieron famosos y un día pasan por el barrio y, brochettes y vino mediante (menos para Bono: “Tomo cerveza cuando tengo resaca; la llamo cerveza de emergencia”), cuentan anécdotas sobre celebridades. Hablarán de cuando cenaron en la casa de Frank Sinatra, de la vez que Bono conoció al crack irlandés George Best, de Maradona (“él es poesía, los demás son deportistas”), de Banksy, de rugby, de las competencia entre Bono y Mick Jagger por ver cuál de los dos imita mejor a Bob Dylan.

En un momento, cuando se les pregunta cómo cambió su relación en estos 35 años juntos, The Edge dice que tienen una “amistad genuina” (“Nuestra relación es muy consistente. Eramos amigos antes de que la banda se volviera profesional, y después eso se sostuvo a través de los años. La amistad ha sido nuestra arma secreta”) y Bono da la clave del encuentro. “Nos volvimos mejores en el sentido de que nos abrimos más. Este almuerzo es parte de eso. Afuera hay gente interesante: políticos, científicos, novelistas. Y te quieren conocer. Tratamos de ser menos autoconscientes, de salir de esa prisión. Lo peor de ser una estrella de rock es vivir encerrados y juzgar un lugar por la calidad del room service , onda ¿Rusia? No me gustó, los huevos estaban fríos . Con la Argentina tenemos química y, como somos curiosos, tratamos de entender por qué. Nos enamoramos de este país por su belleza. Hay mucho pensamiento en el planeamiento de Buenos Aires, incluso el cambio de color de los árboles en diferentes estaciones. Quizás haya cosas más serias de las que preocuparse, pero tal vez no”.

Bono toma unos tenedores para mostrar cómo pensaron en la estructura de “la garra” y explica que así, sentados a una mesa, se les ocurrió la idea de este show con el escenario en el medio del público. Después, para unos panes sobre el mantel: “Todos los shows, de Madonna, los Rolling Stones, Pink Floyd, todos, son así: parlantes acá, y el público frente al escenario. Siempre es lo mismo. Es maravilloso romper eso. Llevó mucho tiempo y trabajo, porque hay que ser responsable: la gente paga entradas caras. Venimos del punk rock: vimos The Clash, y todo cambió para nosotros. Era un movimiento contra el rock progresivo donde los músicos llegaban como desde el espacio exterior, una santidad que nos bendecía con su presencia y no les importaba un carajo lo que pasaba. Era un modo general. Antes, las estrellas de rock no eran personas. Su estado ánimo era lo que importaba: si estaban de buen humor, daban un buen show, si estaban de mal humor, no les importaba. No había conexión”.

Ve otros cambios en el rock: “Estoy celoso porque los comediantes tomaron el antiguo rol de los rockeros: decir las cosas que nadie decía. Ahora lo hacen los comediantes como Chris Rock o Zach Galifianakis. El rock se volvió muy predecible. Un grupo interesante es Arcade Fire, porque explora el espíritu humano”. The Edge asiente: “La gente está un poco dormida. Me gustaría que en Europa y Estados Unidos el rock estuviera más despierto políticamente. Hay que ver lo que está pasando en Africa: los jóvenes allí están mostrando que el cambio es posible”.

De Africa a Latinoamérica hay un paso: Bono cuenta que invitó a los shows a las Madres de Plaza de Mayo, que “tal vez” hoy se reúna con Cristina Kirchner y pregunta cómo vemos a la Argentina. “Para salir adelante como país y como pueblo hay que lidiar con el pasado. En el Reino Unido se investigaron las muertes del Domingo Sangriento hasta el fondo de la cuestión, y eso mejoró nuestra relación con el país. Aunque 35 años parezcan mucho, hay que investigar: si no, es como una familia disfuncional que no habla de cierto tema”. La fruta del postre se terminó, el café ya pasó. Sólo queda tiempo para criticar al mp3 (“no se compara con el vinilo”), para las fotos (Bono no le niega una sonrisa a nadie) y para firmarles autógrafos a la salida del hotel a unos curiosos que no lo pueden creer.

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