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viernes, 15 de octubre de 2010

U2 360º Tour México: Fidelidad, Corrupción y Frío a los Pies del Estadio Azteca

Venta de Boletos: Fidelidad, Corrupción y Frío a los Pies del Estadio Azteca

Por: Cecilia Perez Navarro

¡Tengo mi boleto para el concierto de U2! Estoy feliz, pero aun horas después de haberlo obtenido no sé si el sacrificio valió la pena. Para las pasadas presentaciones de la banda irlandesa en México a las que pude asistir compré mi boleto vía internet, pero cuando veía los noticiaros y las fotografías que acompañaban las crónicas del día de la venta de boletos en taquilla sentía envidia y pensaba: “¡debe ser genial estar ahí!”. Mentira.

Ya que estoy pasando una temporada en la ciudad de México y ésta coincide con este acontecimiento, decidí que tenía que ir a formarme a las puertas del Estadio Azteca para comprar mi boleto. Quería ver la pasión de los fans de Bono, The Edge, Larry Mullen Jr. y Adam Clayton. Ser testigo de esto –y alcanzar boletos—, desde luego, implicó pernoctar a las afueras del Coloso de Santa Úrsula. Llegué a las 10:15 de la noche del miércoles, aproximadamente dos horas después que mi amigo Carlos. Yo, confiada, me acerqué a su lugar y me dijo: “Están haciendo una lista, pero no te pude anotar porque no estabas… sólo se anotan los que ya están en la fila, así que mejor ve a formarte y luego nos reunimos”. Así lo hice.


Para cuando pude apuntarme era la fan número 549… y la cuenta seguía. Un cartoncito amarillo fosforescente con el número daba garantía de mi lugar en la fila; no obstante, “la organizadora” nos advirtió: “No se muevan porque más tarde vamos a pasar lista y si no están, los borramos”. ¿Vamos quienes?, le pregunté y con cara de falsa amabilidad me respondió: “Pues no sé, los chavos que están organizando”.

La cuestioné de nuevo: “Pero si no podemos movernos, ¿para qué nos apuntas y nos das este papelito. Si no me muevo da igual que me apuntes en tu lista ¿no?”. Su respuesta fue otro “no sé”. ¡Claro que sabía! Y después yo lo supe, todos lo supimos. Esta chica, que nunca quiso dar su nombre, formaba parte de un grupúsculo de revendedores, quienes se encargaron de “organizar a la gente para evitar que se metan a la fila”.



En realidad, dispusieron a su antojo de la misma porque como pasaron lista –a las 2:30, 4:30 y 7:00 am— pues eliminaron a quien no estaba simplemente por desobedecer su regla, aunque eso sí, en nombre de la justicia de quienes “aguantábamos vara” toda la noche-madrugada. Pero aquí estuvo lo interesante de su “disciplina”: cuando alguien era dado de baja de la lista original, metían a alguien más… por una módica cantidad, claro. Según los rumores, las tarifas fueron de $200 a $800. No entiendo por qué lo permitimos.

Entre estos controles —momentos en los que por supuesto me moví de mi posición 549 para estar en la zona de mi amigo porque había una barda alta y el frío, que llegó a los 9 grados, era menos insoportable— comenzaron a formarse efímeras amistades que hicieron tolerable la larga, oscura, polvorienta y helada espera. Y pues ya que estábamos en el Azteca, ¿por qué no una cascarita? Un joven de Monterrey llevó el balón y comenzó una reta de fútbol que duró aproximadamente hora y media. Sólo una chica participó ¡y vaya que lo hizo bien! Sin tener mucha participación, se destacó con buenos recorridos interesantes y una contundencia casi infalible frente a la portería. Marcó por lo menos cuatro tantos adornados con gambetas, fintas, autopases, que levantaron al público de sus asientos de piedra, polvo, cartón o cobijas. Fue un momento de pura diversión.

Cerca de las cuatro de la mañana era imposible soportar el frío. Dos sudaderas, una chamarra y una cobija fueron insuficientes para impedir el titiriteo casi permanentemente. Carlos fue a comprar un chocolate caliente que ayudó momentáneamente. Apenas se terminó la bebida, se acabó el calor corporal.

Sobrevivimos no sé cómo. Y aproximadamente a las 8:00 horas salió el Sol. Sobre la banqueta más cercana el puesto de tacos de barbacoa y birria estaba listo para la vendimia y señoras pasaban ofreciendo café, tortas y refrescos. Para entonces yo ya era la número 449 de la fila, gracias al arbitrario sistema de exclusión y a la venta de lugares más adelante. Para que no hubiera confusiones y pleitos, los autonombrados organizadores nos pintaron en los brazos nuestros números —a mí me tocó con plumón naranja fosforescente, que afortunadamente ya me pude borrar—. Y ahora sólo quedaba esperar tres horas para que abrieran la taquilla. Los temas “Elevation” y “I’ll go crazy if I don’t go crazy tonight”, de U2, sonaron desde algunos teléfonos celulares para ponernos en ambiente… Pero sí, nos faltaron los clásicos.

Cuando faltaban sólo 20 minutos para que se abrieran las taquillas, a las 11:00 horas, y después de otros extraños cambios en la fila, un hombre de seguridad advirtió a todos: “Les recomiendo que se vayan ahorita a un Mix-Up a buscar sus boletos, aquí sólo se van a poner a la venta 1,000 y no van a alcanzar para todos”. Las protestas no se hicieron esperar: “¡Pero si estamos aquí desde las ocho de la noche!”, “¿Por qué vienes a decirlo ahora?”, “¿Quién dice eso?”. Y ante un repetitivo y contundente “¡No nos vamos a mover!”, el señor de seguridad sólo dijo “Bueno, yo les estoy pasando el dato, tómenlo o déjenlo”. Por supuesto, lo dejamos y nos mantuvimos en nuestros lugares listos para avanzar.

Finalmente las taquillas se abrieron. Avanzamos lentamente hasta que todo fue más fluido. Por fortuna, la gente de seguridad sí tomó en cuenta la numeración impuesta por “los organizadores-revendedores” y nos dejaron pasar a la zona de vallas en orden. Pasé y detrás miro a otros cuatro hombres. Fuimos todos. Afuera se quedaron probablemente al menos otras 500 personas que se formaron desde muy temprano, aunque ya tarde para comprar boletos.

“Ya no hay de cancha, sólo en general y detrás del escenario”, nos comentaron los que ya tenían boleto en mano (¿advertencia?, ¿buena onda?, ¿presunción?). El último del grupo preguntó a los que estábamos adelante de él “¿Van a comprar todos cuatro boletos?”. Todos asentimos. Cuatro fue el número máximo de tickets y la mayoría lo aprovechamos. Los afortunados estábamos en el umbral de las taquillas cuando se colgó en la reja una manta con la leyenda “Boletos agotados”, eran apenas las 11:40.

Con mis boletos en mano salí feliz. Incluso Carlos me tomó una foto. Pero mientras viajaba de regreso a casa me pregunté si valieron la pena las más de 12 horas invertidas. Si considero el espectáculo que veré el 14 de mayo próximo, la respuesta sin duda es “sí”. Pero si tomo en cuenta el esfuerzo físico, la lucha casi permanente con estas personas ventajosas y tramposas, no lo fue tanto.

Si como todo parece indicar se abre una nueva fecha del Tour 360° en México –no estaba confirmada hasta el cierre de taquillas—, lo mejor es prepararse un sandwich y un café, sentarse frente a la computadora con tarjeta de crédito en mano y esperar a que se inicie la venta de boletos. El cargo que hace Ticketmaster por el servicio es poco comparado con el padecimiento de dormir a los pies del Azteca.

Vía: Yucatan.com.mx

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